Amanece un nuevo día,
Los rayos de sol entran en mi cuarto, lentamente, como el
abrir de los ojos.
Tendida en la cama, mirando al techo sin saber muy bien qué
pensar.
No siento calor ninguno cuando los rayos rozan mi piel.
A penas miro hacia la ventana, dejando escapar con mi
aliento todas mis fuerzas y mis palabras con lágrimas.
Alzo el brazo, como si pudiese tocar el cristal bañado de
luz, pero la distancia se ve incluso mayor de lo que es.
Y cierro el puño creyendo coger el sol cuando solo cojo aire
vacío que se escapa entre mis dedos.
Puedo ser fuerte, puedo luchar, puedo tropezar y levantarme,
puedo correr,
Pero, cuando estás tan lejos como el sol... ¿Cómo puedo
alcanzarte? ¿Qué podría hacer para tenerte de vuelta?
Si es que es imposible ya, te fuiste para no volver, o eso
escucho en mi cabeza, pero mi corazón arde y late como el correr de los
caballos cuando te pienso y te imagino de vuelta.
Tal vez me come la inquietud porque aun te siento a mi lado,
Tal vez me come la inquietud porque te has ido del todo.
Si Dios existe, yo pienso, ¿Por qué te ha llevado con él?
¿Por qué ha sido tan avaricioso?
Y si es cierto que estás en un lugar mejor, me pregunto si
me guardas un sitio para cuando vuelva a tu lado.
Tantas cosas me han dejado duda y me siguen creando más
dudas...
Pero sé que tú me dirías que el tiempo es demasiado valioso
para perderlo entre pensamientos vagos e inútiles, y me dirías que me
levantase, que viviese y sintiese todo a mi alrededor, que esté tranquila
porque tú también lo has hecho.
Pero entre la impotencia y la tristeza me hundo, me hundo,
me hundo... Y ya no veo ni la luz del sol entre lágrimas y suspiros, dolor y
tristeza.
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